Lo que te pide la nueva encíclica del Papa sobre la IA
Hacia el final de su nueva encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV intuye que el lector puede sentirse abrumado. En este punto, escribe el Santo Padre, se insinúa una tentación sutil: pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada.
Y aquí recurre, precisamente, a J.R.R. Tolkien y a El Señor de los Anillos: No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza.
El Santo Padre acaba de citar a Gandalf en una encíclica. Y ha sido perfecto.
Si aún no entiendes por qué un pontífice sentiría la necesidad de ofrecer ese tipo de consuelo, es que no estás prestando suficiente atención a lo que la inteligencia artificial (o IA) está haciendo y puede llegar a hacer a nuestro mundo.
Muchos han oído que esta nueva tecnología amenaza con desplazar a todo tipo de trabajadores, pero esa amenaza, por muy real y profunda que sea, no es en absoluto la única. El Departamento de Guerra de EE.UU. ha demandado a una empresa de IA para asegurarse de que puede crear armas autónomas que maten sin supervisión humana.
La pornografía infantil generada por IA es ahora una de las categorías de libertinaje demoníaco en línea que más rápido crece. La versión más reciente de la IA de Anthropic, Claude Mythos, no solo fue capaz de piratear prácticamente cualquier teléfono u ordenador del mundo, sino que, durante las pruebas de seguridad, era capaz de descubrir regularmente que estaba siendo observada y actuar de forma diferente.
Esto no es un problema del futuro. Es un problema del presente.
En los últimos meses, he tenido el privilegio de conocer a varias personas de Anthropic, entre otras cosas, a través de dos encuentros en su sede de San Francisco para académicos y líderes cristianos.
Durante estos meses, entablé amistad con Chris Olah, uno de los cofundadores de Anthropic, y la misma persona que estuvo junto al Papa León en la rueda de prensa del Vaticano para celebrar la publicación de la encíclica y que hizo un llamamiento al diálogo crítico y a la cooperación entre la Iglesia y la industria de la IA.
Puedo decirles con seguridad que habla en serio. Hay un gran misterio subyacente a la naturaleza de lo que están construyendo, y las preocupaciones que Chris y otros tienen sobre lo que pueda deparar el futuro, a medida que los sistemas de IA se vuelven exponencialmente más potentes, les quita el sueño con toda razón.
Sus temores existenciales y su necesidad de ayuda subrayan por qué la encíclica es tan importante.
León basa su argumento en tres pilares que los católicos deberían examinar con detenimiento. El primero es que aquí está ocurriendo algo genuinamente nuevo. La IA no es solo una calculadora más rápida o un motor de búsqueda más inteligente.
Interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social, dice la encíclica, de formas que requieren no solo nuevas aplicaciones de viejos principios, sino el desarrollo de esos principios mismos. La dignidad humana se encuentra bajo una amenaza a la que no nos hemos enfrentado antes y León lo sabe.
El segundo es que el trabajo debe estar en el centro de nuestra preocupación. León XIV firmó Magnifica Humanitas en el 135.º aniversario de Rerum Novarum, la gran encíclica de León XIII en defensa de los trabajadores que estaban siendo aplastados por la anterior revolución industrial-técnica.
Ese aniversario no es una mera decoración retórica. La nueva encíclica insiste en que el trabajo es un bien fundamental para la persona, principio de la actividad económica y clave de toda la cuestión social. Cuando los sistemas de IA desplazan masivamente a los trabajadores con el fin de ser más eficientes y obtener más beneficios, esto constituye un ataque fundamental a la dignidad humana.
El trabajo, dice León, no es meramente un instrumento o una fuente de ingresos, al contrario, expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. El Papa califica el trabajo de necesidad inherente a la condición humana y cita a los obispos estadounidenses, quienes insisten en que proporciona un ámbito decisivo en el que se forma la identidad, se tejen amistades y relaciones, se aprenden responsabilidades concretas y se discierne la propia vocación.
La tercera es que la Iglesia tiene un papel único y urgente que desempeñar en este momento crucial de la historia. León cita directamente a su predecesor, el Papa Francisco: nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos.
La Iglesia es la guardiana y promotora de una tradición de 2.000 años de reflexión sobre qué son los seres humanos y para qué están. Esa tradición, sobre todo porque ha atravesado este tipo de momentos dramáticos en el pasado, es exactamente lo que necesitamos ahora mismo. Y el hecho de que algunos de los investigadores de IA más importantes del mundo se estén involucrando activamente en ella debería darnos una confianza añadida para actuar a la luz de nuestra tradición.
Pero, ¿qué nos pide León, concretamente?
En primer lugar, canaliza su San Juan Pablo II interior al instarnos a no tener miedo de difundir la buena nueva en medio de la revolución de la IA. Animo a todos, de manera particular a los fieles laicos, a no tener miedo de dejarse interpelar por la realidad, dice el Santo Padre. La verdad que la Iglesia tiene que ofrecer en este momento histórico es un don que hay que compartir con el mundo.
En segundo lugar, nos pide que empecemos por nosotros mismos. La encíclica vuelve repetidamente a la siguiente pregunta: la IA, ¿hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, más humana?; ¿la hace más digna del hombre? Esa pregunta, en primer lugar, es personal. ¿Cómo estoy utilizando la IA en mi propia vida? ¿Qué hábitos está forjando o erosionando en mí? ¿La estoy utilizando de formas que profundizan mi atención y mis relaciones, o de formas que externalizan mi juicio y diluyen mi humanidad? Debemos evangelizarnos a nosotros mismos antes de llevar este mensaje al mundo.
En tercer lugar, nos pide que nos pongamos manos a la obra. La imagen bíblica a la que León vuelve una y otra vez es la de Nehemías reconstruyendo los muros de Jerusalén: a cada uno se le asigna su propia sección. Científicos e investigadores. Emprendedores y trabajadores. Educadores y legisladores. Comunidades de fe. Cada uno en su propio campo, haciendo lo que le corresponde.
¿Quizás te sientes llamado a organizar un sindicato para los trabajadores de tu escuela u hospital? Especialmente si trabajas en una institución católica, quizás te sientas llamado a preguntar, ahora mismo, si alguien ha evaluado las herramientas de IA que tu institución está adoptando, y según qué criterios. La encíclica te da tanto la autoridad como la obligación de hacer esa pregunta. Si nadie la está haciendo, entonces esta puede ser tu sección del muro por la que empezar.
León escribe: La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces.
Tenemos las instrucciones. Es hora de ponerse manos a la obra.



















